Montaña con niños y ranas

Volar con niños.

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Sigo con la historia de nuestras últimas vacaciones, continuando el post que empezó aquí.

Lo dejamos justo a punto de subir al avión, después de facturar dos maletas pequeñas y dos sillas de coche y de echarnos a los hombros cuatro mochilas y toda la ropa que podíamos llevar puesta, como en el primer capítulo de Heidi (os aseguro que vale la pena interrumpir la lectura para revisionar esa joya a partir del miunuto 11:00, un repaso breve, solo hasta que bailen las cabras).

El repaso.

Justo antes de embarcar, como siempre, hacemos el inútil repaso a ver si lo llevamos todo, ahí, en el punto de no retorno, y es que doy por hecho que siempre olvido algo, así que en ese momento solo espero que no haya sido nada imprescindible. Esta vez se me olvidó llevar viandas para el vuelo, hubo que echar mano de comida basura y cara de último momento, pero mira, Mari, no hay mal que por bien no venga, nos encontramos con una pareja que debía haberse zampao tres menús infantiles y les regalaron a mis hijos tres “Aquaman” que les habían salido, y los churumbeles, que acababan de ver la peli en el cine, encantados de la vida.

* Un pequeño apunte sobre cómo funciona el reparto entre hermanos: un Aquaman para cada uno y al tercero se le pintan las retinas verdes para que sea “el Aquaman falso” y tener así un enemigo común. Tal cual funcionamos como sociedad a veces.

El vuelo.

En el post anterior os conté que compramos asientos separados por aquello del turismo de bolsillo apretao, creo que el tema es que los niños no vayan solos y que no ocupen asiento de pasillo, por lo demás, hasta os lo aconsejo, así por lo menos uno de los dos llega descansado al destino y puede tomar el relevo.

Aunque al final entre las visitas que me hicieron y la conversación con mi vecino de asiento, el descanso fue intermitente.

 

La boda marroquí.

Os cuento: resulta que el muchacho vivía desde los 5 años en Valencia con sus padres y sus hermanas, pero le habían buscado una esposa en su pueblo y allá que iba él, a su boda. Sus padres se habían bajado una semana antes para preparar el eventazo: los tres trajes que se tenía que poner, el anillo, el sitio, los atuendos de toda la familia… ya saben ustedes, lo que viene siendo una boda. Bueno, qué digo una, cuatro bodas, y es que se iban a casar su hermano y dos primos suyos también, que una fiesta así conlleva un desembolso considerable y decidieron que había que aprovechar que los invitados eran los mismos y mejor si repartían gastos. No sé cómo, pero acabamos por desglosar gastos y hacer cuentas… Ojo: cinco días de fiesta, tres trajes por novio, los señores que levantan en peso a la novia (que no son los colegas del novio, no, son brazos a jornal), tres toros y el carnicero (para los invitados y la gente que asistiera, que nada de pase VIP,  las puertas allí se abren para el que quiera pasar). Poca broma.

Cruzar el Atlas.

En medio de Marruecos una cordillera nevada, dime tú que no es pa´flipar. Me alegro de no haberme dormido porque luego lo tuvimos que atravesar en coche y Mari, desde dentro y con esas curvas tan sinuosas no se aprecia igual…

Aterrizamos en Ouarzazate después de un par de horas (menos una de retroceso en el tiempo). La oficina de cambio y la del alquiler de coches (cuya reserva ya llevábamos) estaban cerradas y sin cartelito de horario, así que echamos el rato jugando con los Aquamans en el aeropuerto, imagino que al ser un aeropuerto pequeño no tiene sentido estar allí todo el día y van solo a la salida y llegada de los vuelos. Y con la calma.

Atlas Studios

De esa tarde  no tengo dibujis porque caímos a plomo en la cama por la noche, pero os dejo foticos que no desvelan demasiao. Estuvimos en Atlas Studios, el Hollywood del desierto que le llaman, y la verdad es que lo pasamos “de cine” (mierda de chiste pero ahora os explico) y es que estaban los escenarios de Asterix y Cleopatra y los peques se prestaron a actuar, así que grabamos con el teléfono unas cuantas escenas improvisadas. Dime tú que no mola ser un crío y estar en medio de semejante escenario con permiso para entrar, correr, tocar y grabar.

Si queréis fotos, os dejo el enlace a un blog que hace un buen repaso: Nómadas.

 

 

Desayuno marroquí.

Cuando viajamos o andurreamos a mí lo que más me suele gustar son los bichos autóctonos del lugar (entiéndase por bicho cualquier animal que no se acerque lo suficiente para devorarte), pero de Marruecos lo que me maravilló fue el desayuno.

Nos levantábamos todos los días con el deseo de que en el ldesayuno incluyera esa especie de tortita doblada como un pañuelo a la que echábamos miel. Al volver eché mano de San Google y me enteré que se llaman “Msemmen”. Ahí lo llevas, como para pedirlas aquí en la barra del bar. Cosa fina, Mari.

El Oasis de Fint.

Esa primera mañana nos fuimos en el mini-coche hacia el Oasis de Fint por unos caminos de cabras del demonio con unos baches que parecían cráteres. RECORDATORIO (lo pongo así porque me viene de repente): en el teléfono hay que llevar siempre descargado el mapa sin conexión del sitio que vamos a visitar. Sé que lo sabíais, pero algún despistao habrá como yo que lo tiene que descargar en el sitio de destino con el wifi del hotel.

Por el camino paramos a un hombrecico bereber que hacía dedo y que iba también a Fint (que andando calculamos que llegaría ya pa´recoger la mesa). Yo aproveché para desempolvar un francés que nunca tuve y así entablamos una conversación de la que no recuerdo nada, seguramente porque nada entendí.

OJO: ¿recordáis que leí la guía de Marruecos en el vuelo de vuelta? pues ponía muy clarito que no recogiésemos a gente haciendo dedo, que muchos lo hacen para pasar drogaína o chantajearte porque  si te para la poli el marronaco es para ti. Hala, haced lo que yo digo, no lo que yo haga, que no soy buen ejemplo ni cuando intento ser buena gente.

Fint, escondido.

Después de un camino de tierra eterno llegamos al borde de un riachuelo lleno de palmeras y vegetación: el Oasis de Fint. Allí fuimos a un albergue a dejar las cosas, estaba la posibilidad de dormir en tiendas nómadas, pero mira, Mari, que era enero y no había necesidad. Nos ofrecieron té. Cada vez que salíamos y volvíamos a entrar nos ofrecían té con hierbabuena y mogollón de azúcar, así que íbamos el día a tope de power.

Vino Abdul, un hombre muy flaco y muy alto que hablaba varios idiomas y que nos iba a hacer de guía. Él iba muy digno con sus pantalones de pinza y sus zapatos de señor, pero nosotros queríamos subir a la montaña, y allá que se vino con su outfit todoterreno.

 

La montaña.

Subiendo la montaña nos contó que en verano y debido al deshielo el caudal del río crecía hasta cuatro metros de altura. Que el pueblo tuvo que volver a ser construido al otro lado del cauce por los desprendimientos de rocas de la montaña, que Unicef había venido y les había hecho un depósito para que pudieran conservar agua y disponer de ella en época de vacas flacas y que “agua” de decía “man” en bereber. De vez en cuando nos iba traduciendo palabras al bereber, imagino que al ser un pueblo nómada aprecian y atesoran la lengua como seña de identidad para que no se diluya en la historia.

Apunte: en los colegios estudian árabe y francés.

En el ascenso solo vimos piedras, pero en el descenso levantó una piedra mojada por bajo y de repente vimos un charco y varias ranas que se echaron al agua como si la sombra de unos gigantes de pies torpes acecharan contra ellas. Así, varias veces más y de forma muy ailada. Charcos en medio de las rocas, en una montaña sin ápice de vegetación. Nos dijo que nadie sabía de dónde salían esas ranas y MiMayor tuvo una visión muy de Magnolia. Do you remember?

El trato a los niños

Una cosa que me gustó mucho de la gente de Marruecos es la amabilidad con la que tratan a los niños, de verdad, todo el mundo tiene una palabra o un gesto bonito hacia ellos. Aver si no se me pasa ir contándoos esos gestos durante el viaje. Como dijo Manolito Gafotas: “prometo recordarlo a no ser que se me olvide”.

 

Próximamente:

– Donde hay piedras se juega con piedras.

– Tajin y otras delicias.

– Los niños son niños aquí y en la Conchinchina.

– El valle del Drâ

 

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